Por estos días no encuentro mejor cosa que escuchar alguna melodía predecible de Tom Petty, justo cuando me cae Compañero de ruta, su último disco de estudio.
Las letras también pueden parecer previsibles: carretera, mandarse a mudar, asuntos pendientes, el pago chico...
Lo escucho mientras ando y desando mi ruta: ese continuo entre mi salida y mi llegada, la de mi pueblo chico, la que me vuela la mente mientras mi resto conduce.
Y le cambio el sentido a las canciones para que se parezcan a mi viaje. O sale una nueva, una amalgama de frases inconexas, conectadas:
Ciudades que duermen. No creo todo lo que veo.
Este pueblo viejo es un asunto triste; te ata las manos y te carga el trago. Menos mal que no estás. El vago de Jim se llevó una botella y trató de hacerle dedo a un tren. Dejó una nota que no puedo entender.
* * *
Juro que vi tu cara en una sombra de la luna, mientras le peleaba al sueño con las ventanas bajas.
* * *
Escondí mis huellas y me tomó mucho tiempo volver. Estoy de vuelta en el primer casillero. Al sur, otra vez al sur, donde me acosté tarde, me crié y perseguí un fantasma. Así que si llego hasta tu puerta, dejame dormir en el piso de tu casa.
* * *
Estás coqueteando con el tiempo y el tiempo te está alcanzando.
No podés vender tu alma por un poco de tranquilidad.
Estatuas del pasado me redimen de mis pecados.
* * *
Siempre tuve más perros que huesos.
Victoria oscura: ganaste y perdiste.
Podés mirar para atrás, pero no te quedes mirando.Si no corrés te oxidás.
En esta escena de la película La vida de los otros, el capitán Gerd Wiesler, de la Stasi (la Seguridad Estatal de Alemania del Este), va a su lugar de trabajo: el altillo de un edificio de departamentos, en la Berlín oriental de 1984, desde donde espía al escritor Georg Dreyman, que vive ahí y está sospechado de ser anticomunista.
Con impunidad casi fantasmal entra al edificio donde se encuentra con un nene que también vive ahí. Y mantienen este breve diálogo:
Nene: —¿Realmente es de la Stasi? Wiesler: —¿Sabes qué es la Stasi? Nene: —Sí. Mi papá dice que son malos que encierran a la gente. Wiesler: —¿Sí? ¿Cómo se llama tu...? Nene: —¿Mi qué? Wiesler: —Tu pelota ¿Cómo se llama? Nene: —Las pelotas no tienen nombres.
Años más tarde, cuando el muro de Berlín ya cayó, Weisler es nada más que un cartero.
El viento bahiense arremolina varios billetes de 2 y 5 pesos por el piso, alrededor de un nene rubiecito que está sentado en la vereda del Bank Boston, llorando desconsolado, con una caja de zapatos en la mano y un manojo de galletitas hechas migas en el piso.
Llora a gritos y no se le entiende.
Lo rodean otros nenes iguales: rubiecitos, de ojos muy claros, penetrantes. La más grande de todos el raja algo que parece una puteada a otro.
–Jalaiiijalajal –le grita y lo saca corriendo mientras le junta la plata que se vuela al que llora desconsolado.
Se me ocurre que son gitanos.
Casi todos miran, miramos la escena. La dama se agarra la cartera y el caballero vigilantea sus bolsillos. Se evita el contacto y la escena pasa. La ciudad es muy grande y tiene temas más importantes que atender.
El estigma gitano me pega y prefiero seguir caminando.
* * *
Mi vieja contó alguna vez que un gitano rubio y de ojos muy claros la maldijo en 1982 y le preanunció la muerte de mi viejo.
* * *
Es octubre de 1976 y María, británica de Gibraltar y gitana, conocerá en Londres a un cabo de la Marina argentina que no va a quedarse más de dos años en una base inglesa.
Cuando le toque regresar, ella se volverá con él, se casarán y tendrán hijos, perdices y electrodomésticos.
Pero las perdices se cocerán amargas y la casa llena de artefactos no va a alcanzar para disimular un rincón vacío que le quedará el día que deje Inglaterra, Gibraltar y una ristra de hijos de otro matrimonio que ya fracasó.
Hijos que el padre no le permitirá ver hasta que se vuelva muy viejo y los hijos se vuelvan padres. Ella seguirá joven, porque cuando los parió era mucho más joven.
Por facilidad o desconocimiento, acá le van a decir la gallega, aunque su lengua disparará puteadas andaluzas.