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No te banco

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El uniformado (policía, guardia, lo que sea) se acerca y me dice que en el banco no está permitido usar el teléfono celular.

–Ah, no sabía.

–Si, está prohibido. Está escrito ahí.

–¿Dónde?

Señala un cartelito con un pictograma raro.

–Ah, para mí eso era “prohibido usar escafandra”

–…




(También podría significar "prohibida la entrada de indios de poca jerarquía")


* * *


La cola es larga y mientras espero, miro.

Observo cuán relajados están los empleados del banco.

El tipejo que atiende a las personas que no van a cobrar se toma su tiempo para mover el mouse sobre el escritorio, al tiempo que piensa «Permiso ruedita del ratón. O lucecita del dispositivo óptico para interactuar con el computador. ¿Puedo acariciar tu ergonómico lomo y así desplazar eso que llaman cursor sobre la pantalla? Gracias».

La chica que se niega a dar préstamos a microemprendedores en el cubículo de Préstamos/Microemprendedores pasa y le agarra y sacude la pera al tipejo; como quien agarra y sacude la pera de un nene tierno de 6 años. Me ve que la veo y se esconde para secretear detrás de un toquito de hojas A4 que acaban de salir de una fotocopiadora. Vuelve bamboleante a su cubículo.

Parada, la mujer de la mesa de entradas mide apenas lo mismo que el tipejo sentado. “¿Cuándo viene lo mío?”, le pregunta. “Llamá al 0800”, le responde.


* * *


Para el esclavo del sistema, el banco no es un infierno, pero sí algo como el purgatorio. Un limbo para aguantar. Una montaña de papeles en la que la cima no alberga la redención de las almas bancarizadas

Tres de gitanos

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El viento bahiense arremolina varios billetes de 2 y 5 pesos por el piso, alrededor de un nene rubiecito que está sentado en la vereda del Bank Boston, llorando desconsolado, con una caja de zapatos en la mano y un manojo de galletitas hechas migas en el piso.

Llora a gritos y no se le entiende.

Lo rodean otros nenes iguales: rubiecitos, de ojos muy claros, penetrantes. La más grande de todos el raja algo que parece una puteada a otro.

Jalaiiijalajal –le grita y lo saca corriendo mientras le junta la plata que se vuela al que llora desconsolado.

Se me ocurre que son gitanos.

Casi todos miran, miramos la escena. La dama se agarra la cartera y el caballero vigilantea sus bolsillos. Se evita el contacto y la escena pasa. La ciudad es muy grande y tiene temas más importantes que atender.

El estigma gitano me pega y prefiero seguir caminando.


* * *


Mi vieja contó alguna vez que un gitano rubio y de ojos muy claros la maldijo en 1982 y le preanunció la muerte de mi viejo.


* * *


Es octubre de 1976 y María, británica de Gibraltar y gitana, conocerá en Londres a un cabo de la Marina argentina que no va a quedarse más de dos años en una base inglesa.

Cuando le toque regresar, ella se volverá con él, se casarán y tendrán hijos, perdices y electrodomésticos.

Pero las perdices se cocerán amargas y la casa llena de artefactos no va a alcanzar para disimular un rincón vacío que le quedará el día que deje Inglaterra, Gibraltar y una ristra de hijos de otro matrimonio que ya fracasó.

Hijos que el padre no le permitirá ver hasta que se vuelva muy viejo y los hijos se vuelvan padres. Ella seguirá joven, porque cuando los parió era mucho más joven.

Por facilidad o desconocimiento, acá le van a decir la gallega, aunque su lengua disparará puteadas andaluzas.

Oído al pasar II

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En la esquina de Colón y Drago:
-¿Cuánto me cobrás para lavarme el auto?
-Y, lo que puedas, diez pesitos.
-Bueno, enjaboname bien los vidrios que me voy a curtir una mina adentro.
-¡Cómo no, muchachito!

* * *

-¿Sabés qué esta bueno? Que te la chupen con una pastilla de menta o un chicle.
-No, chicle no. Yo tuve uno pegado dos días en los pendejos.
-Sacatelo con hielo.

* * *

"Negros de mierrrda..."

* * *

-Tac, tac, tac, tac...
-Me enamora el sonidos de tus tacos.
-¡Forro!

* * *

"Una monedita para que Dios lo bendiga. Una monedita le estoy pidiendo."

Serie 1991. Al fin se le vio la veta aristocrática

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La Piba (35) tiene madera de discutidora. Y me discute por mail.

Me escribe de socialismo, de consignas libertarias y de obreros alienados.

Yo le digo: —¡Basta! ¿Qué te pasa? Si vos no laburaste nunca con una pala.

La Piba tiene empuje y hasta se postuló a concejala en mi ciudad.

Su DNI dice que todavía vive allí aunque hace años que vive en otro lado.

—Ya cambié de domicilio varias veces —se excusa— y como la Junta no actualizó el padrón...

—¡Chanta, trucha!— le escribo.

Pero también quiere ser diputada provincial.

—Testimonial— la acuso.

—Lo tuyo es banal y no tiene rigor— me dispara.

—¿De qué hablás?

—De esas preguntas. Superficiales. Sin valor. Tinellizadas.

—Eh, anti popular. Al final, se te vio la veta aristocrática en el dedito índice levantado —le contesto.

—Naaa.

—¿Referente de la aristocracia obrera, tal vez?

Dejó de escribirme.

La podrida

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Un taxista gordo con baba en la comisura de los labios amenaza por teléfono:
—Te hablo de acá, de los taxis. En diez minutos vamos para allá. Si no guardan todos los coches, se arma la podrida.

Cierra el celular con tapita como si fuera la claqueta de un director de cine. Pero la película sigue veinte metros más adelante.

—Dale, pegalo, pegalo —dice un tachero petiso que sostiene una cartulina, mientras otro la pega con cinta sobre el cartel luminoso de un parquímetro. En la cartulina escribieron con fibra: "Gracias por cuidarnos todas las noches. Y perdón porque no te hayamos cuidado a vos".

Treinta metros más adelante un grupo discute qué hacer.
—Quieren cortar aquellas dos calles y liberar estas otras. Yo les digo: para que nos escuchen, nos tenemos que quedar acá hasta mañana—. El tachero que grita tiene treinta y pico—. Hay que joder para que nos escuchen.

Esta mañana (miércoles 27 de mayo) apareció muerto un taxista de 60 años en un camino de tierra de Coronel Dorrego. El cuerpo tenía ocho puñaladas.

Casi todos los taxistas y remiseros cortaron las calles alrededor de la principal plaza de Bahía Blanca para reclamar seguridad. Casi todos, menos uno, aparentemente.

Pero aparentemente no se armó la podrida.