La podrida

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Un taxista gordo con baba en la comisura de los labios amenaza por teléfono:
—Te hablo de acá, de los taxis. En diez minutos vamos para allá. Si no guardan todos los coches, se arma la podrida.

Cierra el celular con tapita como si fuera la claqueta de un director de cine. Pero la película sigue veinte metros más adelante.

—Dale, pegalo, pegalo —dice un tachero petiso que sostiene una cartulina, mientras otro la pega con cinta sobre el cartel luminoso de un parquímetro. En la cartulina escribieron con fibra: "Gracias por cuidarnos todas las noches. Y perdón porque no te hayamos cuidado a vos".

Treinta metros más adelante un grupo discute qué hacer.
—Quieren cortar aquellas dos calles y liberar estas otras. Yo les digo: para que nos escuchen, nos tenemos que quedar acá hasta mañana—. El tachero que grita tiene treinta y pico—. Hay que joder para que nos escuchen.

Esta mañana (miércoles 27 de mayo) apareció muerto un taxista de 60 años en un camino de tierra de Coronel Dorrego. El cuerpo tenía ocho puñaladas.

Casi todos los taxistas y remiseros cortaron las calles alrededor de la principal plaza de Bahía Blanca para reclamar seguridad. Casi todos, menos uno, aparentemente.

Pero aparentemente no se armó la podrida.

Videorrefrito 2

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Excelente video. Como un laberinto de espejos.
mountain-goats.com/

Serie1991. Hambre

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Famélico. Muerto de hambre. Corro a la rotisería, apurado, urgente. Las tripas lo reclaman.

"Hola, dame media de empanadas, jamón y queso, de horno, las espero acá, te doy monedas para que me des vuelto fácil", pienso de memoria. Espero una atención rápida, célere, veloz.

Pero no.

Me encuentro con un "¿Como te va? ¡Tanto tiempo! ¿Qué hacés, perdido? Ni sabía que estabas acá. ¿Todo bien lo tuyo?".

El "hola-dame-media-de-empanadas-jamón-y-queso-de -horno-las-espero-acá-te-doy-monedas-para-que-me-des-vuelto-fácil" debe esperar.

Busco una respuesta amable mientras la panza me gruñe y me sale un qué hacé sobreactuado y desdeñoso. Es una antigua compañera del secundario, organizadora compulsiva de asaltos, cautiva de su madre hipervigilante en los lento, histérica, se come la "s", algo mentirosa, llorona, alarmista, de las que se sientan adelante, de las que no guardan secretos por mucho tiempo... poco trato. Pero divina, eh. Ni un drama con la piba.

En dos segundos le cuento que estoy bien, laburando, un pibe y ahora buscando algo para comer.

Y la comida, que no viene. Y me pregunta y me pregunta y me pregunta. Y me cuenta su breve historia de cómo llegó a laburar en la rotisería, que es de la misma dueña de la panadería y de la mercería.

-Comida, por favor -le suplico mudo, tamborileando los dedos.


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* Acá me cansé, me aburrí.

Serie 1991. ¡Dejá de mirarme la panza!

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"A vos te quería agarrar" me dice un tipo en castellano trasandino que me agarra del cogote en el medio del supermercado. Una mole de un metro ochenta, con ojos agigantados por espesos lentes recetados.

Sé que no estoy en peligro. ¿A vos te quería agarrar? ¿Quién podría lanzar tal anacrónica amenaza?

El indentikit mental no arroja resultados pero su voz me suena familiar. Trato de reconocer ese rostro tan cerca de mi cara, hasta que me saluda amistosamente y caigo.

Era Alejandro, un compañero de la secundaria que terminé en 1991.

Bah, era Alejandro + 20 kilos + canas + dos pibes y una esposa.

Se vino a Punta Alta, desde Mendoza, con la familia, a comer huevos de pascua con la madre y volverse.

Me contó que los avatares financieros lo llevaron a reciclarse laboralmente: trabajó en un banco, después en una aseguradora y ahora está en la Bolsa de Comercio. No extraña el banco.

Tampoco extraña la ciudad, pero algo le tira.

–Vos estás igual –me dice. Y yo le miro los 16 años de panza que lleva, desde la última vez que lo vi.

–Si, es que no me hago muchos problemas –le contesto.

–Bueno, dejá de mirarme la panza, la puta que te parió –me dice mientras empuja el changuito con sus pibes adentro.