En esta escena de la película La vida de los otros, el capitán Gerd Wiesler, de la Stasi (la Seguridad Estatal de Alemania del Este), va a su lugar de trabajo: el altillo de un edificio de departamentos, en la Berlín oriental de 1984, desde donde espía al escritor Georg Dreyman, que vive ahí y está sospechado de ser anticomunista.
Con impunidad casi fantasmal entra al edificio donde se encuentra con un nene que también vive ahí. Y mantienen este breve diálogo:
Nene: —¿Realmente es de la Stasi? Wiesler: —¿Sabes qué es la Stasi? Nene: —Sí. Mi papá dice que son malos que encierran a la gente. Wiesler: —¿Sí? ¿Cómo se llama tu...? Nene: —¿Mi qué? Wiesler: —Tu pelota ¿Cómo se llama? Nene: —Las pelotas no tienen nombres.
Años más tarde, cuando el muro de Berlín ya cayó, Weisler es nada más que un cartero.
Una bolsa revolotea en el aire. Un pájaro solo no sabe a donde ir. Una polvareda me hace estornudar. Un remisero no para de engordar. Una botella de plástico galopa en clave de malambo. Una ráfaga me desvía un escupitajo. Siempre el viento, torciendo mi voluntad.
Ya sé, Lucas McCain (Chuck Connors) era The Rifleman. Pero a Charlton Heston también le gustaban las armas. Y defendía su posición, Winchester en mano.
Pero para mí era George Taylor, el astronauta que viajó al Planeta de los simios para descubrir a la Estatua de la Libertad enterrada hasta las tetas. Era el que se hacía el boludo cuando descubrió que los monos hablaban, te fajaban y eran los dueños de la pelota. Y el que se curtía a una primitiva humana, muda, andrajosa, pero con un peinado post-beatnick (las modas van y vienen, incluso a través de los siglos).
Es la mejor película que ví. Y sus sagas fueron todas buenas. La serie de mitad de los 70, no tanto. Y me entero de que también hubo comics y figuras de acción. (Más, aquí)
El hombre del Winchester tenía 80 y pico y la última vez que apareció en el cine fue evadiendo una entrevista de Michael Moore.