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Serie 1991. Al fin se le vio la veta aristocrática

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La Piba (35) tiene madera de discutidora. Y me discute por mail.

Me escribe de socialismo, de consignas libertarias y de obreros alienados.

Yo le digo: —¡Basta! ¿Qué te pasa? Si vos no laburaste nunca con una pala.

La Piba tiene empuje y hasta se postuló a concejala en mi ciudad.

Su DNI dice que todavía vive allí aunque hace años que vive en otro lado.

—Ya cambié de domicilio varias veces —se excusa— y como la Junta no actualizó el padrón...

—¡Chanta, trucha!— le escribo.

Pero también quiere ser diputada provincial.

—Testimonial— la acuso.

—Lo tuyo es banal y no tiene rigor— me dispara.

—¿De qué hablás?

—De esas preguntas. Superficiales. Sin valor. Tinellizadas.

—Eh, anti popular. Al final, se te vio la veta aristocrática en el dedito índice levantado —le contesto.

—Naaa.

—¿Referente de la aristocracia obrera, tal vez?

Dejó de escribirme.

Serie1991. Hambre

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Famélico. Muerto de hambre. Corro a la rotisería, apurado, urgente. Las tripas lo reclaman.

"Hola, dame media de empanadas, jamón y queso, de horno, las espero acá, te doy monedas para que me des vuelto fácil", pienso de memoria. Espero una atención rápida, célere, veloz.

Pero no.

Me encuentro con un "¿Como te va? ¡Tanto tiempo! ¿Qué hacés, perdido? Ni sabía que estabas acá. ¿Todo bien lo tuyo?".

El "hola-dame-media-de-empanadas-jamón-y-queso-de -horno-las-espero-acá-te-doy-monedas-para-que-me-des-vuelto-fácil" debe esperar.

Busco una respuesta amable mientras la panza me gruñe y me sale un qué hacé sobreactuado y desdeñoso. Es una antigua compañera del secundario, organizadora compulsiva de asaltos, cautiva de su madre hipervigilante en los lento, histérica, se come la "s", algo mentirosa, llorona, alarmista, de las que se sientan adelante, de las que no guardan secretos por mucho tiempo... poco trato. Pero divina, eh. Ni un drama con la piba.

En dos segundos le cuento que estoy bien, laburando, un pibe y ahora buscando algo para comer.

Y la comida, que no viene. Y me pregunta y me pregunta y me pregunta. Y me cuenta su breve historia de cómo llegó a laburar en la rotisería, que es de la misma dueña de la panadería y de la mercería.

-Comida, por favor -le suplico mudo, tamborileando los dedos.


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* Acá me cansé, me aburrí.

Serie 1991. ¡Dejá de mirarme la panza!

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"A vos te quería agarrar" me dice un tipo en castellano trasandino que me agarra del cogote en el medio del supermercado. Una mole de un metro ochenta, con ojos agigantados por espesos lentes recetados.

Sé que no estoy en peligro. ¿A vos te quería agarrar? ¿Quién podría lanzar tal anacrónica amenaza?

El indentikit mental no arroja resultados pero su voz me suena familiar. Trato de reconocer ese rostro tan cerca de mi cara, hasta que me saluda amistosamente y caigo.

Era Alejandro, un compañero de la secundaria que terminé en 1991.

Bah, era Alejandro + 20 kilos + canas + dos pibes y una esposa.

Se vino a Punta Alta, desde Mendoza, con la familia, a comer huevos de pascua con la madre y volverse.

Me contó que los avatares financieros lo llevaron a reciclarse laboralmente: trabajó en un banco, después en una aseguradora y ahora está en la Bolsa de Comercio. No extraña el banco.

Tampoco extraña la ciudad, pero algo le tira.

–Vos estás igual –me dice. Y yo le miro los 16 años de panza que lleva, desde la última vez que lo vi.

–Si, es que no me hago muchos problemas –le contesto.

–Bueno, dejá de mirarme la panza, la puta que te parió –me dice mientras empuja el changuito con sus pibes adentro.