Mostrando las entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas

"Cuc-cuc-cucurucho…"

|
Creo que era 2006 y Mardel estaba saturada de recitales.
Abundaban buenas bandas de Baires: bandidos, barderos, biejos binagres y hasta babasónicos bagaban por Bondstitución, la abenida marblatense de los boliches recitaleros.


Yo ya tenía mi entrada.
* * *
El galpón hecho disco está abarrotado, traspirado. Ya hizo de caja de resonancia de dos tandas de temas de una banda legendaria.
* * *
Los músicos vuelven y es turno de despedidas, bises y otras.
El tambor redobla como un láser, sale guitarrita funky obstinada y de repente explotan el bajo, un riff monocorde y distorsionado como un avión y una línea de saxo disfónico.
Se me desconan los tímpanos de la emoción.
Suena Debedé, pero no es Sumo. ¿O sí?
"We walk down to the disco on that Saturday night… ", canta Alejandro Sokol (al tiempo que camina como un dandi por los tres o cuatro metros de largo del escenario) y Germán Daffunchio se mueve al ras del suelo, acariciándolo con la guitarra. Las Pelotas tiene una fuerza en vivo que nunca experimenté.
* * *
"…decime dónde vas…"

El himno, el clásico, brilla y se apaga en un final que es una maraña de sonidos furiosos y que se funde con las voces de la gente: "Oooh, Las Peló, Las Pleó, vamo' Las Peló…"

Otro clásico, otro cantito de tribuna y otra duda: "¿Dóooon-deeee-vooy?"

Incertidumbre Nº 3 y el cumpleaños más coreado: "Y si no puedo ver dónde voy, parece que me pasé… Debo estar en América del sur... Happy birthday to you..."

* * *
En recuerdo de Alejandro "Bocha" Sokol (30 de enero de 1960 - 12 de enero de 2009)

¿Merezco ir preso por sexista?

|
, se me escapó. Básicamente, le dije a una mujer policía que era una idiota. Me paró para pedirme la licencia de conducir y todo lo demás; le mostré cualquier cosa y me retó.

–Disculpá. Es que con este calor, tengo las dos neuronas derretidas– le contesté.
–Imagínese yo, que estoy acá parada desde hace tres horas– musitó con desprecio por la condición civil.
–¡Uh! Y encima con una sola neurona, ¿no?
–…

No te banco

|
El uniformado (policía, guardia, lo que sea) se acerca y me dice que en el banco no está permitido usar el teléfono celular.

–Ah, no sabía.

–Si, está prohibido. Está escrito ahí.

–¿Dónde?

Señala un cartelito con un pictograma raro.

–Ah, para mí eso era “prohibido usar escafandra”

–…




(También podría significar "prohibida la entrada de indios de poca jerarquía")


* * *


La cola es larga y mientras espero, miro.

Observo cuán relajados están los empleados del banco.

El tipejo que atiende a las personas que no van a cobrar se toma su tiempo para mover el mouse sobre el escritorio, al tiempo que piensa «Permiso ruedita del ratón. O lucecita del dispositivo óptico para interactuar con el computador. ¿Puedo acariciar tu ergonómico lomo y así desplazar eso que llaman cursor sobre la pantalla? Gracias».

La chica que se niega a dar préstamos a microemprendedores en el cubículo de Préstamos/Microemprendedores pasa y le agarra y sacude la pera al tipejo; como quien agarra y sacude la pera de un nene tierno de 6 años. Me ve que la veo y se esconde para secretear detrás de un toquito de hojas A4 que acaban de salir de una fotocopiadora. Vuelve bamboleante a su cubículo.

Parada, la mujer de la mesa de entradas mide apenas lo mismo que el tipejo sentado. “¿Cuándo viene lo mío?”, le pregunta. “Llamá al 0800”, le responde.


* * *


Para el esclavo del sistema, el banco no es un infierno, pero sí algo como el purgatorio. Un limbo para aguantar. Una montaña de papeles en la que la cima no alberga la redención de las almas bancarizadas

Pola-rroides

|



Un día raro. El viento zarandea la tierra y me da alergia. (Lean bien a-ler-gia. La alegría será brasileña)

* * *

Una piba se cae de jeta y se zangolotea en el piso como un pez sin pecera. Intenta reincorporarse, la queremos ayudar, se va en ambulancia con las pupilas inmensas y negras como un agujero cósmico. Pienso que es una muerta que balbucea y que debería hacerse un encefalograma o algo así. ¿Epilepsia?

* * *

El Cíclope dice que posee uno de los cuatro violines Stradivarius que existen en el planeta Tierra, que tiene un equipo de resucitación cardíaca en su casa dispuesto para ser usado cuando lo requieran "las autoridades sanitarias" y que le falta una vena, justo en el doblez del brazo donde ahora exhibe una cicatriz.

–A mí me salvó un médico en Neuquén. Fue cuando me vi muerto, cuando tuve un accidente de auto. Mi mujer también se vio. Desde arriba.

El relato arranca así, de la nada. Y sabemos que será un bodrio. Nadie indaga porque conocen a El Cíclope, siempre presente en los grandes acontecimientos del universo.

* * *

"¡LOS PELOTUDOS DEJARON DE SER PELOTUDOS!"

Lo bueno de ser jefe de algo es que podés gritar enunciados paradójicos.

* * *

Tele: un ventrílocuo con un orangután en la falda. ¿Cuál de los dos tiene cerebro útil?

–Primero vomitás, después hacés caca con sangre, no podés hacer pis. Y lo peor... te ponés muuuuyy molesto– dice la voz de alguno de los dos. El tema: Síndrome Urémico Hemolítico y la audiencia: chicos de un jardín de infantes con cara de qué asco.

* * *

Un día como hoy pero de 2010: Mario Vargas Llosa gana el Nobel de Literatura. Y Mario Vargas asume como director del penal de Villa Floresta.

* * *

Wallace me voltea con su aliento etílico.

* * *

Tres canelones aceitosos, mezquinos, bajo un manto de bolognesa sospechosa. Cero parmesano.

Utensilios de plástico blanco, endebles. Pienso en comérmelos también si me quedo con hambre.

La chica de un sueño que creí que no existía y de repente la veo

|

(Advertencia: respirá hondo
que hay pocos puntos y aparte.)



Las excusas de que tenía un hambre doloroso, de que el trabajo del día me había estropeado, de que no era tan parecida a ella o de que me habría cortado el rostro si, de la nada, con una pregunta desubicada, saltaba sobre su rutina que parecía llevar adelante muy complacida deberían servir para justificarme por qué no la encaré; a ella que se dio vuelta para ver algo justo cuando la miré para no ver otro algo que ahora perdió importancia, que tiene un aire a la chica con la que soñé esta madrugada, segundos antes de despertarme y de quien me quedé mascando su imagen todavía nítida en algún trayecto de mi nervio óptico o más allá, y que en el sueño me tiraba onda descaradamente, después de que habíamos intercambiado un par de frases y acciones mientras se rodaba un festejo que parecía una despedida de soltería que combinaba interiores con escenas de exterior en calle Irigoyen o Passo o en la confluencia de ambas, en un montaje confuso y creíble a la vez. Descaro que yo no correspondía porque resultaba que era la pareja de alguien muy parecido a un conocido que hace mucho que no veo y que en el sueño tampoco veía desde hace años y que se incomodaba al sorprendernos en esa situación, más por el gesto de su mujer, novia, amante o prometida, muda como Mona Lisa al verlo aparecer del otro lado de la puerta que acababa de cerrar para aislar el secreto que apenas podía contener dentro de su boca, que por lo poco que hubiese alcanzado a escuchar del discurso con el que ella, la chica soñada, pretendía conquistarme y con el que me confiaba que me daría en ese momento si no estuviese vigilada.

¿Encararla para qué? ¿Para revelarle que inventé los detalles de su cara, su voz y sus actitudes mientras se acercaba mi hora de despertar del sueño en el que una representación fantasmal de ella me confesaba el dilema que la aturdía y que después pondrá su cabeza sobre la picota, porque aquel símil conocido que hace mucho que no veo le dirá que hasta ahí llegaron, hasta ahí se bancó el albedrío con el que dio rienda suelta a su lascivia, al afrodisíaco deleite que le produce la adrenalina que destila cuando lo engaña sin ser descubierta flagrante, mientras el leño de su pasión descarrilada y dirigida a otro que no sea él, todavía arde incandescentemente rojo? ¿Para hacerle ver que la realidad que la circunda, la rutina que programó, la ropa con la que se vistió hoy, el colectivo que está a punto de abordar y aquello para lo que se dio vuelta a ver no le pertenece, escapa del alcance de sus manos que ahora lleva en los bolsillos o que quizá no existan porque en mi sueño nunca las vi, es en rigor su irrealidad, su no-lugar, porque está fuera de la cabeza que la pergeñó: la mía?

¿O para que deduzca equívocamente que mi desubicación es una maña, un artificio para encararla, como si propósito y efecto redundaran en sí mismos, en un circuito cerrado, para abordar una charla que rebotaría aquellas frases que intercambiamos en el sueño y que fueron el prolegómeno de su confesión descarada: que me daría si no estuviera vigilada?

Pero aquellas excusas no me sirven porque la razón que ocultan es otra que más tiene que ver con una predilección por no innovar en cuestiones emocionales ligadas a nociones de predestinación, revelaciones oníricas y la transmigración de las almas, idioteces con las que quemaba las tardes largas de mi adolescencia en la habitación-fortaleza-tugurio-temploesotérico en la que a veces dormía.

Pero, ¿por qué la sorpresa al verla? Porque al despertar y tratar de recordar los detalles de su rostro, de su voz y de su actitud creo caer en la cuenta de que la chica es un fantasma, una amalgama de rostros, voces, actitudes y cualidades, todas juntas puestas al servicio de mi placer onírico, como el tipo hecho de barro en las ruinas circulares o venido de algún planeta con desilusión, un estereotipo sólo mío, pero no, la veo ahí, vivita, coleando, dándose vuelta para mirar algo justo cuando yo la miro, y la recuerdo, conocida de hace unas ocho horas, cuando dejé de masticar su imagen cuando todavía persistía en mi cabeza.

¿Y qué espero que diga si la encaro: “Ah, yo también soñé lo mismo”? ¿O qué pretendo que haga: que me dé un beso, una piña, un número de celular, un tarjebus de regalo por el momento bizarro, psicodélico, humorístico que le hago pasar mientras aguanta el frío hasta que llegue el colectivo que espera, según el plan trazado por su rutina que por un momento se perturba pero que no tardará en volver al equilibrio del que no debería haberla sacado cuando le salte con mi pregunta desubicada, y que después, cuando suba al bondi rojo, real, palpable y en el momento en que la máquina le escupa con gracia robótica la tarjeta de cartulina con la que pague el pasaje, se dé vuelta a ver algo y ese algo sea yo?

El Che-to

|
Hablando de matrimonios en una reunión un poco cheta:

-Iba a decir que las mujeres se enamoran del Che Guevara para afeitarle la barba, pero me parece más oportuno decir que las minas se enamoran de los rugbiers para bajarles el cuellito de la chomba.

-...

-¿Ja, ja?

Tres de gitanos

|
El viento bahiense arremolina varios billetes de 2 y 5 pesos por el piso, alrededor de un nene rubiecito que está sentado en la vereda del Bank Boston, llorando desconsolado, con una caja de zapatos en la mano y un manojo de galletitas hechas migas en el piso.

Llora a gritos y no se le entiende.

Lo rodean otros nenes iguales: rubiecitos, de ojos muy claros, penetrantes. La más grande de todos el raja algo que parece una puteada a otro.

Jalaiiijalajal –le grita y lo saca corriendo mientras le junta la plata que se vuela al que llora desconsolado.

Se me ocurre que son gitanos.

Casi todos miran, miramos la escena. La dama se agarra la cartera y el caballero vigilantea sus bolsillos. Se evita el contacto y la escena pasa. La ciudad es muy grande y tiene temas más importantes que atender.

El estigma gitano me pega y prefiero seguir caminando.


* * *


Mi vieja contó alguna vez que un gitano rubio y de ojos muy claros la maldijo en 1982 y le preanunció la muerte de mi viejo.


* * *


Es octubre de 1976 y María, británica de Gibraltar y gitana, conocerá en Londres a un cabo de la Marina argentina que no va a quedarse más de dos años en una base inglesa.

Cuando le toque regresar, ella se volverá con él, se casarán y tendrán hijos, perdices y electrodomésticos.

Pero las perdices se cocerán amargas y la casa llena de artefactos no va a alcanzar para disimular un rincón vacío que le quedará el día que deje Inglaterra, Gibraltar y una ristra de hijos de otro matrimonio que ya fracasó.

Hijos que el padre no le permitirá ver hasta que se vuelva muy viejo y los hijos se vuelvan padres. Ella seguirá joven, porque cuando los parió era mucho más joven.

Por facilidad o desconocimiento, acá le van a decir la gallega, aunque su lengua disparará puteadas andaluzas.

"Tu pueblito se fue a dormir"

|
* Para una mejor experiencia, se recomienda
darle play al video y después seguir leyendo.




Ned se escapa de su quietud y tira el pucho que fumaba.

Una batería implacable como un tren a la nada y una guitarra que suena como rascarse la costra de los codos echan a andar el videoclip de "Come Clean", de Ned Collette con la banda Wirewalker.

"Tu pueblito se fue a dormir/ Suavemente guiado hacia tiempos mejores" es lo primero que canta, mientras camina por las vías que antes irrigaron lo que fue una fábrica de algodón en Leipzig.

La tarde es tan, tan, tan gris que lo tiñe todo, todo. Y los artistas de la Mærzgalerie no pueden hacer nada. Nada.

Huele a pierogi de puré de papas. Y así la canción cobra colores y brilla y vibra en estéreo.

Ned tambalea porque se da cuenta de que el reloj murió a las 2 y 10. Y desgarra cuando canta "Ellos desmantelaron todo tu encanto".

Ya no cree en nada, ni en tu cara, que ahora le parece un sueño, ni en su propia imagen duplicada.

¿Por qué no terminaste la canción en el minuto 3.39?

Ned apenas levanta los pies del empedrado y nos deja solos con la mezcla de sus voces para desaparecer dentro de una chimenea.


* * *

El video lo dirigió una tal Natalie van den Dungen y lo filmó en una sola toma, aunque al final quedó con algunas ediciones en el medio. Encontré la locación del video en Google Earth: Spinnereistr. 7, Halle 6 D-04179 Leipzig y en Google Maps. Cliqueando en la foto para ampliarla podés ver el recorrido de Ned, desde que la cámara empezó a rodar hasta que se lo tragó la chimenea.



English version.

La bambula y la abstinecia

|
–Y sí, era mi compañero de boliche. Lo que pasa es que, como yo dejé de tomar hace seis meses…–. Con ese chamullo lastimoso, el tipo se quiere levantar lo que hay: una petisa fea que tiene más en mente el precio del metro de bambula que ponerla.

– …por eso le perdí el tranco– sigue–. Como hace como cinco meses que no tomo.

–Aaaaahhh...

–¡Nada! –insiste–; mirá que tengo el boliche en frente.

–Menos mal. Ojalá él también hiciera lo mismo–. La bambula, $13,90 el metro.

–¿Y vos, para dónde vas?

–No, no, no... Yo voy para mi casa. Me está esperando mi marido.

–¡Ah! Tenés marido. ¿No va al boliche? Por ahí lo tengo visto.

–…

–…

–… Bueno. Chau.

–Igual, como hace como tres meses que no ando por ahí.

Sanca

|


No tenía laburo y debía todo el puñado de monedas que tenía en el bolsillo. No era que la estaba pasando mal, pero el trabajo –dicen– dignifica.

No sé qué hacía en la esquina de Chiclana y Donado cuando se acercó Gustavo, un rusito que llevaba su actitud de callejero adulto en un cuerpo de 11 años.

–¿Querés una estampita? –tenía un toco, algunas se repetían. Me las mostró como si fuéramos a cambiar figuritas.

–No tengo plata –le dije y seguí en la mía.

–¡Dale! Una moneda –me prepeó–. ¿No tenés laburo? Bue, tomá, para que consigas.

Me regaló la estampita de San Cayetano, el santo católico del pan y del trabajo.

Y al tiempo conseguí laburo. Se lo atribuí a la estampita. Flasheé que Gustavo era una extraña reencarnación. Guardé la imagen como un amuleto en mi billetera.

* * *

Hago fila para cargar gas en la estación de Parchappe. Un flaco me hace señas. Vende estampitas y rosarios. Me hago el distraído, pero insiste. Le hago la seña del no con la cabeza.

Pasan dos pibitos sucios. Uno salta y el otro hace cuatro jueguitos con el chicle que acaba de escupir. Uno se ríe. El otro pide monedas a una vieja.

Avanzo en la fila y pasa el vendedor de rosarios. Ahora le compro una, la de San Cayetano.

Pura cábala.

* * *

Mi vieja siempre le prendió velas a San Cayetano. «Para que les traiga trabajo», nos explicó varias veces.

Pero, por las dudas, también hizo lobby con otras confesiones: le puso monedas a un mini buda de plástico dorado, le enroscó un billete de dos p en la trompa a un elefante celeste, colgó monedas chinas con un hueco cuadrado en el centro, enterró cosas en las macetas y, en un arrebato new age, le puso todas las fichas a una pirámide cuadrangular transparente.

Nunca sobró nada y nunca nos faltó. Aguante esa multi-fe.

Asma-rioneta

|



Mi primo tiene asma y por eso recibe de regalo un perro. No uno real, sino una marioneta. Se llama Rufo y es un personaje de Los Muppets con un agujero en la espalda para meterle la mano y hacerlo hablar.

Me entero de que el asma es una razón para recibir regalos y quiero tenerla; respiro mal delante de los grandes para que me compren un Muppet así.

Igual, Rufo no me convence del todo. Tiene algo que me incomoda: esa mirada boba, inerte, de Muppet. "Este perro no me cae del todo bien", pienso, mientras lo hago hablar con mi mano.

* * *

Rufo, el perro Muppet, descansa sobre el pecho de mi primo dormido. Tiene los ojos abiertos y las pupilas más grandes por la oscuridad. Me mira. Tiene la vista anclada en la mía y no deja de observarme. Sus pupilas dilatadas son penetrantes e implacables: me ven desde todos los ángulos.

Es una marioneta, sí, pero me asusta. Me dan miedo esos ojos y su boca lisa de Gioconda. El muñeco parece que está siempre a punto de hablar.

O de moverse, porque Rufo ahora mueve una oreja. Pavor.

* * *

Estoy entre el dintel de la habitación de mi primo y la escalera caracol. ¿Bajo? ¿Me quedo? Rufo mueve otra vez la oreja. ¡Qué miedo! Me quedo pero no avanzo; la oscuridad es una barrera.

El Muppet está casi vivo y empieza a roncar fuerte sobre el pecho de mi primo dormido. Abre y cierra esa boca de marioneta al ritmo de su ronquido. Es una queja sorda, sibilante y disfónica.

El aliento le rechina dentro de los... ¿pulmones?

Rufo boquea pidiéndome ayuda. Aunque sus ojos de Muppet no dicen nada, está vacío de aire. Sufre un ataque de asma.

Es asmático como mi primo, que se despierta, manotea el broncodilatador en aerosol y voltea una lámpara.

¡Acaba de entrar en crisis! ¿Quién? ¿Rufo? ¿Mi primo?

El ruido despierta a mi tío, que vuela de un sopapo a Rufo del pecho de su hijo sin aliento para darle un puff de salbutamol y tratar de tranquilizarlo.

"Ya no quiero tener asma", me digo.

* * *

Rufo no boquea más. Está despatarrado en el piso. Sigue sin quitarme la vista de encima. Este perro me cae mal...

... ojos sobresalidos...

... fijos en mi...

... atentos...

... los míos se van cerrando...

... me duermo...

...bajo el dintel de la habitación de mi primo...

... estrés...

... alguien que me lleve a mi cama...

... Z-z-z...

Putas y drogas

|
M: –Me da miedo que mi hijo tenga una novia de Punta Alta.
Yo: –¿?
J: –¿De que sea puta y drogadicta?
Yo: –¿?

Recuerdo que para buscar putas y drogas había que viajar hasta Bahía, más precisamente hasta White. Pero lo pienso sin decirlo.

La ocurrencia me llega tarde para ser una respuesta ingeniosa.

¿Cómo se llama eso?

Algo pendiente

|


Principio de los 90. Abulia. Aburrimiento. Mucho The Beatles y Led Zeppelin. El tiempo no pasaba cuando me lo pasaba leyendo
El Péndulo.

¿Fuego? Gracias

|
Esos días estaba roto. Por fuera y por dentro. Y me diste o me prestaste o me regalaste Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti.

Lo empecé a leer en una esquina sana, esperando el colectivo. Pasó uno, pasaron dos y paré el tercero. Doblé la esquina de la página 41, subí al bondi y me olvidé del libro.

Saqué un cigarrillo apenas me bajé en la esquina de siempre. Busqué con qué prenderlo. No tenía encendedor. Casi nunca tengo porque no fumo. No mucho.

Pedí fuego, me dieron y di las gracias.

Y me acordé.

Apagué el pucho sin fumarlo. Busqué el libro en el bolso, el que señalé con un doblez en la página 41. No lo tenía. ¿Me lo dejé en el colectivo? No. Lo olvidé en el escalón en el que me senté a empezar a leerlo.

Lo di por perdido, olvidado y pensé en reponértelo. Uno nuevo, otro, otra cosa.

Pasaron algunas horas y volví a la parada, a esa de la esquina sana. No tenía esperanzas, pero volví. ¡Y estaba ahí! En el escalón donde había empezado a leerlo.

Busqué la página 41 pero el doblez no estaba. Alguien había leído hasta la 56 y la marcó. Y dejó el libro ahí, en la esquina donde lo olvidé.


PD: No era primavera.
PD2: Gracias por el fuego me había dejado un amargor en el pecho.
PD3: Quería dejar de fumar y dejé en aquella esquina.
PD4: El libro me lo llevé y creo que lo volví a perder.

Estallidos de alegría

|
Hay una jaula con dos cotorras en una pared de la cocina. El objetivo de hacer que se reproduzcan para vender sus crías no se va a cumplir: nos vendieron dos machos o dos hembras. Negadas a experimentar con su sexualidad, permanecen inmóviles, como todos los días. Vida triste la de las cotorras.

* * *

Suena un rocanrol y dudamos.

—¿Quién es? ¿Lennon?
—No, ni ahí. Bah, se parece... la voz. Pero no.
—Si, si. Escuchá.
—Te digo que no. Conozco todos los discos de Lennon solista —mentira, pienso.
—Mentira.
—Mirá ¡mirá! ¡¡miráaa!!
—¡Noooooooooooooooooooooooooo! —gritamos al mismo tiempo.

A esta altura de la película ya no sabemos si es el señor Verde, Rosa o Azul quien saca una navaja y le rebana la oreja a un cana.

Primero quedamos aturdidos por la sordidez de la escena. Y después de masticar un rato largo esa imagen, la risa surge como un estallido.

* * *

—¿Qué les pasa a tus cotorras?
—No son mías, son de mi vieja.
—¿Qué les pasa?
—¿Por?
—...
—N...

Me paro y voy a verlas. Una, inmóvil, como siempre; la de al lado se aleja cuatro pasos al costado. Pasos de cotorra.

—Son del mismo sexo —explico, como si fuera una razón científica.
—Son medio caretas —dice, al tiempo que le echa una bocanada de humo a la inmóvil.

Entre que la cotorra se infló como un globo a punto de explotar y hasta que estalló la risa, pasaron cinco segundos que parecieron una eternidad.

* * *

El tiempo, a cuentagotas.
La heladera, vaciándose.
La cotorra, tratando de comprender.
Las gargantas, secas.
El mate, casi listo.
La guía de teléfonos, deshojada.
Las gargantas, ásperas.
La música, en vaivenes.
La risa, en alerta.
La paranoia, en plan de emboscada.

La podrida

|
Un taxista gordo con baba en la comisura de los labios amenaza por teléfono:
—Te hablo de acá, de los taxis. En diez minutos vamos para allá. Si no guardan todos los coches, se arma la podrida.

Cierra el celular con tapita como si fuera la claqueta de un director de cine. Pero la película sigue veinte metros más adelante.

—Dale, pegalo, pegalo —dice un tachero petiso que sostiene una cartulina, mientras otro la pega con cinta sobre el cartel luminoso de un parquímetro. En la cartulina escribieron con fibra: "Gracias por cuidarnos todas las noches. Y perdón porque no te hayamos cuidado a vos".

Treinta metros más adelante un grupo discute qué hacer.
—Quieren cortar aquellas dos calles y liberar estas otras. Yo les digo: para que nos escuchen, nos tenemos que quedar acá hasta mañana—. El tachero que grita tiene treinta y pico—. Hay que joder para que nos escuchen.

Esta mañana (miércoles 27 de mayo) apareció muerto un taxista de 60 años en un camino de tierra de Coronel Dorrego. El cuerpo tenía ocho puñaladas.

Casi todos los taxistas y remiseros cortaron las calles alrededor de la principal plaza de Bahía Blanca para reclamar seguridad. Casi todos, menos uno, aparentemente.

Pero aparentemente no se armó la podrida.

Serie1991. Hambre

|
Famélico. Muerto de hambre. Corro a la rotisería, apurado, urgente. Las tripas lo reclaman.

"Hola, dame media de empanadas, jamón y queso, de horno, las espero acá, te doy monedas para que me des vuelto fácil", pienso de memoria. Espero una atención rápida, célere, veloz.

Pero no.

Me encuentro con un "¿Como te va? ¡Tanto tiempo! ¿Qué hacés, perdido? Ni sabía que estabas acá. ¿Todo bien lo tuyo?".

El "hola-dame-media-de-empanadas-jamón-y-queso-de -horno-las-espero-acá-te-doy-monedas-para-que-me-des-vuelto-fácil" debe esperar.

Busco una respuesta amable mientras la panza me gruñe y me sale un qué hacé sobreactuado y desdeñoso. Es una antigua compañera del secundario, organizadora compulsiva de asaltos, cautiva de su madre hipervigilante en los lento, histérica, se come la "s", algo mentirosa, llorona, alarmista, de las que se sientan adelante, de las que no guardan secretos por mucho tiempo... poco trato. Pero divina, eh. Ni un drama con la piba.

En dos segundos le cuento que estoy bien, laburando, un pibe y ahora buscando algo para comer.

Y la comida, que no viene. Y me pregunta y me pregunta y me pregunta. Y me cuenta su breve historia de cómo llegó a laburar en la rotisería, que es de la misma dueña de la panadería y de la mercería.

-Comida, por favor -le suplico mudo, tamborileando los dedos.


------------------------------------------------


* Acá me cansé, me aburrí.

Serie 1991. ¡Dejá de mirarme la panza!

|
"A vos te quería agarrar" me dice un tipo en castellano trasandino que me agarra del cogote en el medio del supermercado. Una mole de un metro ochenta, con ojos agigantados por espesos lentes recetados.

Sé que no estoy en peligro. ¿A vos te quería agarrar? ¿Quién podría lanzar tal anacrónica amenaza?

El indentikit mental no arroja resultados pero su voz me suena familiar. Trato de reconocer ese rostro tan cerca de mi cara, hasta que me saluda amistosamente y caigo.

Era Alejandro, un compañero de la secundaria que terminé en 1991.

Bah, era Alejandro + 20 kilos + canas + dos pibes y una esposa.

Se vino a Punta Alta, desde Mendoza, con la familia, a comer huevos de pascua con la madre y volverse.

Me contó que los avatares financieros lo llevaron a reciclarse laboralmente: trabajó en un banco, después en una aseguradora y ahora está en la Bolsa de Comercio. No extraña el banco.

Tampoco extraña la ciudad, pero algo le tira.

–Vos estás igual –me dice. Y yo le miro los 16 años de panza que lleva, desde la última vez que lo vi.

–Si, es que no me hago muchos problemas –le contesto.

–Bueno, dejá de mirarme la panza, la puta que te parió –me dice mientras empuja el changuito con sus pibes adentro.

Hagan algo por esas montañas

|
Do something for Oasis 1972 gritaba la remera ajustada, violeta de la obstétrica tetona. El Do y el for eran gigantes y el 1972 se perdía detrás de esas montañas.

La veterana hablaba suaaaaaveee, aniñada y siempre preguntaba algo.

La primera vez que la vi, dos semanas atrás, tenía un gorro y un delantal de quirófano y habló de la fuerza exquisita que tiene una mujer al momento de parir. Esa fuerza que le permite dar vida y olvidar el dolor, la tensión y el pudor de que te estén mirando y metiendo mano ahí donde a vos tanto te constó llegar.

Me pregunto a qué se refería la arenga de la remera ajustada, violeta: Hagan algo por Oasis 1972. Estuve tentado de preguntarle si lo sabía y si tenía hijas de 21 para arriba.

Tripa ¿muerta?

|



La neonatóloga de apellido alemán se parece a las enfermeras del cuadro de silencio hospital, salvo que esta charla bastante y no usa cofia.

Tiene voz chillona y habla y gesticula en tono docente. Es su curro: enseñarnos qué cosas malas le pueden pasar a un bebé al momento de nacer.

Estoy en la segunda clase del curso de pre parto que es más aburrida que la primera. El resto de grupo ya es veterano y parece que algunos hombres ya desistieron de venir.

La neo pone en una mesa un muñeco que tiene un cordón umbilical hecho de lana y explica cómo limpiar esa tripa muerta con gasa y alcohol hasta que se desprenda.

El eufemismo de la lanita azul y blanca no me impide recordar los souvenir que mi vieja se llevó de los cuatro partos que tuvo. Me pregunto si todavía guarda esos broches de plástico con la prolongación seca de mi ombligo y los de mis hermanos.

¡Qué freak! Pienso. Antes nunca me había resultado desagradable. Ahora sí, y sé que el de mi hijo terminará en el tacho de basura. Nada de residuos “patológicos” en la casa.

Pero volvamos a la doctora. Mientras también relata cómo higienizarle la “pochola” a la nena (con esas palabras) y el pitito al varón, yo me concentro en sus zapatos blancos, en sus piernas blancas y en su guardapolvo blanco que le llega a diez centímetros arriba de las rodillas.

¿Y debajo del guardapolvo? Nada, supongo, fantaseo, me auto convenzo.

Fantaseo también con una cadenita de oro que lleva alrededor del tobillo derecho. Y pienso esta máxima: cadenita de oro en el tobillo, señal de que en la cama es dominante. Y me la imagino con nada más encima que la cadenita. Y esposas.

Pero vuelvo a pensar en los cordones umbilicales. Los veo como cadenas, esposas, piolines que son ataduras de carne. O lazos que no se cortan, ni se pudren, ni se secan.

Y me doy cuenta de que por algo es que cuando le pasa algo a tu vieja lo sentís en la panza, a la altura del ombligo, en el cordón que parece ya no estar.

Y entonces escucho mis propios pensamientos y digo que soy un poco freak. O que podría haberlo sido si no tuviera la capacidad de retorcer mi mente, sentarme en mi propio diván y analizar que la doctora dominante es mi vieja dominante y ahora mi novia dominante.

Y veo a la madre de mi hijo y a todas esas madres dominantes del curso de pre parto y me digo: la tripa seca de mi hijo va a parar al tacho de basura. Nada de vínculos “patológicos” en la casa.