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Lo siento, estoy en un laberinto onírico que me impide postear

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Rimas de la risa

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Revisando viejos archivos encontré estas Rimas de la risa que no recuerdo haber escrito. Ni siquiera sé si las escribí o sólo me gustaron y las copié:


Carentes de toda prisa van los muchachos riendo.
Alguno va maldiciendo los resabios de una risa
que el fuego fue consumiendo desde la tarde hasta estas horas.
En esta hoguera, señoras, el humo les va mintiendo.
Ya no arden las vanidades. Las culpas se queman solas.

Pero si el viento soplase como un feroz huracán,
ni el más pérfido bacán se quedaría tranquilo.
¿Han visto algún enemigo? No lo dejen levantar.
Se los digo como digo lo que me viene en mente.
Aunque les suene indecente, ya me van a perdonar.



Autor quizás desconocido. Sensación de familiaridad. Memoria quebradiza, tal vez.



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Quienes se interesaron en este posteo,
también leyeron Estallidos de alegría.

Villa blorgeana

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Agosto sos una fuente

el viento
el halo alrededor de la luna
el aire sazonado de polvillo
el polen que vendrá
y la histamínica obsesión por lo nocturno

Te debía estas palabras

* * *

Villa Mitre tiene algo

la fuente
la plaza alrededor
ese puñado de cuadras
el aire infectado de bohemia
una muralla invisible
y esa arcada, apuesto que es un portal espacio-temporal

Si fuera bahiense, hoy querría ser de ahí

A cuatro décadas de Woodstock: tres días de macoña, floripondio y olor a bolas. Ah, y música

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Traduction, s'il vous plaît!

Sanca

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No tenía laburo y debía todo el puñado de monedas que tenía en el bolsillo. No era que la estaba pasando mal, pero el trabajo –dicen– dignifica.

No sé qué hacía en la esquina de Chiclana y Donado cuando se acercó Gustavo, un rusito que llevaba su actitud de callejero adulto en un cuerpo de 11 años.

–¿Querés una estampita? –tenía un toco, algunas se repetían. Me las mostró como si fuéramos a cambiar figuritas.

–No tengo plata –le dije y seguí en la mía.

–¡Dale! Una moneda –me prepeó–. ¿No tenés laburo? Bue, tomá, para que consigas.

Me regaló la estampita de San Cayetano, el santo católico del pan y del trabajo.

Y al tiempo conseguí laburo. Se lo atribuí a la estampita. Flasheé que Gustavo era una extraña reencarnación. Guardé la imagen como un amuleto en mi billetera.

* * *

Hago fila para cargar gas en la estación de Parchappe. Un flaco me hace señas. Vende estampitas y rosarios. Me hago el distraído, pero insiste. Le hago la seña del no con la cabeza.

Pasan dos pibitos sucios. Uno salta y el otro hace cuatro jueguitos con el chicle que acaba de escupir. Uno se ríe. El otro pide monedas a una vieja.

Avanzo en la fila y pasa el vendedor de rosarios. Ahora le compro una, la de San Cayetano.

Pura cábala.

* * *

Mi vieja siempre le prendió velas a San Cayetano. «Para que les traiga trabajo», nos explicó varias veces.

Pero, por las dudas, también hizo lobby con otras confesiones: le puso monedas a un mini buda de plástico dorado, le enroscó un billete de dos p en la trompa a un elefante celeste, colgó monedas chinas con un hueco cuadrado en el centro, enterró cosas en las macetas y, en un arrebato new age, le puso todas las fichas a una pirámide cuadrangular transparente.

Nunca sobró nada y nunca nos faltó. Aguante esa multi-fe.

¿Fuego? Gracias

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Esos días estaba roto. Por fuera y por dentro. Y me diste o me prestaste o me regalaste Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti.

Lo empecé a leer en una esquina sana, esperando el colectivo. Pasó uno, pasaron dos y paré el tercero. Doblé la esquina de la página 41, subí al bondi y me olvidé del libro.

Saqué un cigarrillo apenas me bajé en la esquina de siempre. Busqué con qué prenderlo. No tenía encendedor. Casi nunca tengo porque no fumo. No mucho.

Pedí fuego, me dieron y di las gracias.

Y me acordé.

Apagué el pucho sin fumarlo. Busqué el libro en el bolso, el que señalé con un doblez en la página 41. No lo tenía. ¿Me lo dejé en el colectivo? No. Lo olvidé en el escalón en el que me senté a empezar a leerlo.

Lo di por perdido, olvidado y pensé en reponértelo. Uno nuevo, otro, otra cosa.

Pasaron algunas horas y volví a la parada, a esa de la esquina sana. No tenía esperanzas, pero volví. ¡Y estaba ahí! En el escalón donde había empezado a leerlo.

Busqué la página 41 pero el doblez no estaba. Alguien había leído hasta la 56 y la marcó. Y dejó el libro ahí, en la esquina donde lo olvidé.


PD: No era primavera.
PD2: Gracias por el fuego me había dejado un amargor en el pecho.
PD3: Quería dejar de fumar y dejé en aquella esquina.
PD4: El libro me lo llevé y creo que lo volví a perder.

¿Y agosto?

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¿Ya pasó?

La luna chorrea una ventisca transparente, histamínica polvareda de inspiración

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Tengo, según dice, la luna en oposición. Me recomiendan que me maneje con cautela, que no busque peleas con mi entorno (me piden algo, a veces, imposible para mí).

No creo en mi destino astrológico. Es pura superstición.

Mi relación con la luna, con esa redonda y amarilla, marmolada y fría, cuarteada, menguada y difusa o casi transparente en las primeras horas del día, es totalmente amigable.

A pesar de todo, siempre estuvimos alineados. ¿Una relación simbiótica? Juré no maldecirla nunca, mientras me provea inspiración.

Ir, volver, quedarse, recordar

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Vaivén existencial de una bohemia remasterizada, microurbanizada o qué se yo.

Si a los 30 se te marchitó la frente, quizá al volver estás dejando, allá, de donde estás regresando, algún "triste recuerdo" al que te aferrás.

Me recuerda a otro tango: FIlosofía barata... ¡Sí, tango!

Primer acto... (A ver si saben quién escribió esto)

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"¿De dónde viene esta búsqueda, esa necesidad de resolver los misterios de la vida cuando las preguntas más simples no pueden ser contestadas?

¿Por qué estamos aquí? ¿Qué es el alma? ¿Por qué soñamos?

Tal vez estaríamos mejor sin mirar del todo, sin indagar, sin desear.
Esa no es la naturaleza humana. No es el corazón humano. Esa no es la razón por la que estamos aquí."

"El hombre es una especie narcisista por naturaleza"

Son dos fragmentos del "primer volúmen de una obra épica" (según su propio autor)

¿Cómo se llama la obra?

Añicos del destino

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Hay una conexión más allá de todo, un vínculo que desconocés de dónde viene, añicos de destino que intentan guiar tus pasos.

Cuando los dejás, la sensación de que estás en uno de esos momentos se transforma en certeza. Y ahí la ves. Y perdés el hilo de la pavada que estabas pensando.

Ella está igual, pero diferente (o viceversa). Hace como que no te ve, pero cambia de dirección y luce errática en su caminar. Pero no en su pensamiento. Sigue pensando del mismo modo: “hice lo mejor que pude”.

Sólo pedís que no llore esta noche.

Llueve, por eso cito a Susan Sontag

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"Amo las limitaciones, porque son la causa de la inspiración."
Susan Sontag

Garúa finito, como una maldición.

Otro sin título

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Es agosto. Conozco esas nubes, el lucero vespertino, el frío tímido envuelto en viento norte... y la luna menguante, creciente o rechoncha, pero siempre difusa.

Es agosto. Lo sé por el olor a hojas de paraíso secas. También, porque en las madrugadas siguen rondando los pensamientos de la noche anterior.

Una melodía final

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O "¿Todo tiene que tener un título?"

En mi lado más oscuro hay un espejo, un cuchillo y un momento de embriaguez incontrolable. Hay un intento de apartarme y una música en el fondo del walkman. Como en la luna, es el lado que nadie ve, es el suelo más castigado y frío. Es oscuro, pero ¿a quién le importa? Es todo mío.

“Boy, you’re gonna carry that weight a long time.”

En mi cara más visible, una risa y un aplauso: todo lo que alimenta mi ser.

Agosto-angustia-...

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Todo en esta vida tiene un nombre, hasta lo que hacemos sin querer.
Nadie tiene a nadie más que a uno y a su lado más oscuro donde ronda su otro ser.
Todo en este tiempo ha sido en vano, menos conocerte, ya sabés.
Nunca me propuse lastimarte, ni ponerte de rodillas, ni dejarte, ni volver.
Corazón, corramos el tiempo, porque atrás no quedan más lamentos.
Pero ella me dijo: “honesty is such a lonely word; it’s mostly what I need from you...”.

Nadie tiene a nadie, sólo a uno y su costado más oscuro que no para de nacer. [variación]